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De la ignorancia a la sabiduría

Diálogo con Jorge Bucay, terapeuta gestáltico argentino que utiliza el cuento como herramienta. Su conocimiento y sapiencia no es puro cuento.

Jorge Bucay

Hace más de una década que viaja a España, dos veces al año. Ostenta otro diez, el correspondiente al número de ediciones que lleva su primera obra, “Recuentos para Demián”, sin contar otros seis libros que hacen furor entre los seguidores que tiene en la Península. Jorge Bucay ha estado en Valencia para dar seminarios sobre su trabajo, explicando de qué modo utiliza los cuentos como herramienta terapéutica. Además ha ofrecido un encuentro con el tema central de las relaciones en la pareja, y fue en época de Fallas. “Soy un amante de los ritos populares, vuelvo a España cuando todo el mundo se va y me voy cuando la gente se queda, sobre todo en el verano, en la costa, en Nerja (Andalucía), donde también vivo”, comienza diciendo en la charla mantenida en el restaurante del céntrico hotel donde se hospedó.

-¿Qué es España para ti?
-En principio, donde pude recalar trabajando con mi profesión, para coordinar grupos terapéuticos en seminarios de fin de semana, hablando en mi idioma, lo que no es poco decir. He trabajado en Estados Unidos con grandes dificultades porque el inglés no es mi lengua materna, allí me cuesta mucho hilar y exponer.

-En Francia pronto saldrá uno de tus libros.
-Mis libros están a punto de salir publicados en Italia, Francia. Acaban de salir en Estados Unidos, por lo tanto en Reino Unido, y próximamente en Finlandia, Hungría y Corea del Sur.

-¿De qué hablas en los seminarios con tus colegas valencianos?
-Además de ser un terapeuta gestáltico, yo soy un especialista en la utilización del cuento como recurso terapéutico. Y de esto hablo.

-¿Qué posee el cuento para ser útil a la gente?
-El cuento tiene muchas cosas. En principio, una evocación regresiva interesante. Se vuelve a un espacio de aquel niño que todos conservamos adentro, al que en realidad le gusta que le cuenten cuentos. Inés Barredo, una escritora argentina, publicó una novela, “Vivir jugando” creo que se llama, cuyas dos primeras páginas son lo más glorioso que he leído como terapeuta, a pesar de que ella no lo sea. En sus primeras páginas explica cómo comprendió que cuando uno cumple nueve años no deja de tener ocho, y que lleva todo un año a los 9 quedarse con los ocho, y que cuando se llega a los 40, como yo, no se deja de tener 20, 14, 10, 8 o 3… Lloramos igual que lo hacíamos a los cuatro años, podemos enamorarnos como a los 15 y enfrentarnos con responsabilidades tal como a los 30. Al leer un cuento, escuchar a alguien que sabe contarlo, tu niño interno oye con sus oídos ingenuos y menos intelectuales, afortunadamente, y se adueña de tu corazón, ventilando sus emociones. Un individuo que permite que sus emociones se ventilen está más sano.

-¿Ventilar las emociones significa curarse?
-No alcanza, pero es condición necesaria.

-¿Tienes una estrategia para comunicarte con tanta eficacia con la gente?
-Sí, soy absolutamente sincero, no miento, salvo que sea necesario, por ejemplo a Hacienda por razones de fuerza mayor (risas). He leído algo que decía un curita paraguayo, discípulo de Anthony de Melo, que me encantó. Este viejito había pasado 70 de sus 85 años de vida predicando en la iglesia, y se había ocupado con mucha vehemencia de ser fiel y vivir de acuerdo con lo que comunicaba. “Ahora me doy cuenta de que lo que debía hacer era predicar de acuerdo a como vivo”, confesaba últimamente. Yo hablo y muestro lo que creo, pienso y hago.

-De todos tus libros, llama la atención uno dedicado a la sabiduría, virtud que habitualmente se asocia a la imagen del hombre, pero en este caso hablas de la mujer.
-Sí, te refieres a “Shimriti, de la ignorancia a la sabiduría”. Shimriti es el nombre de la protagonista, mezcla de dos palabras en sánscrito: shiruti, “hemos escuchado de los que saben”, y mriti, “recordamos y usamos lo que escuchamos”. De la combinación de ambas cosas resulta la sabiduría: recordar y usar lo que uno aprende de otros es ser sabio.

-¿Cómo surgió la idea de escribirlo?
-Estaba ocupado en un libro sobre la suerte, que ya lleva tres años de preparación, para explicar entre otras cuestiones por qué algunas cosas suceden y otras no, y por qué a algunos les va mejor que a otros. Quiero decir que la suerte sí existe y tiene características especiales. Estudio filosófica y científicamente esta idea. Entonces, investigando lo de la suerte, encuentro que una de las herramientas para la suerte es haber abandonado la ignorancia, ya que siendo ignorante la suerte no se te acerca. No tan curiosamente, descubro que a la suerte le gustan más los que saben que los que no. Comienzo a ver qué relación hay entre los resultados y el saber, entre la sabiduría y el conocimiento, entre el conocimiento y la búsqueda, y la verdad es que el tema me fascinó. Volví a leer algunos textos de cuando estudiaba en la facultad y encontré cosas de Lao Tsé, otras de Heráclito, Platón, Nietzsche, Kierkegaard, Osho, Sabater, una española (que no es cantante) de apellido Caballé. Al juntarlos para poder entender, advierto que no estoy escribiendo sobre la suerte sino sobre la sabiduría. Interrumpí el trabajo sobre la suerte y decidí seguir el nuevo tema. En principio lo hice como un resumen para mí, después mi editor se enteró y dijo que quería publicarlo. Así, cuento cómo la mujer también se vuelve sabia, algo novedoso porque siempre son hombres los iluminados, los iniciadores.

-¿La sabiduría es machista?
-Hasta hoy. Ahora más y más mujeres se vuelven sabias, pero pocos hombres escriben sobre esto y las mujeres no se animan.

-¿Conoces mujeres sabias?
-Apenas conozco dos sabios, hombres. Pero por lo menos sé que hay una centena de mujeres que van a serlo. El camino hacia la sabiduría comienza en la estación de la ignorancia para luego pasar a la información, donde están los buscadores, que es como me defino yo. Después viene el conocimiento, el lugar donde habitan los maestros, y de ahí lo que te lleva a la sabiduría es el tiempo. Es decir, un maestro que ha vivido suficiente tiempo siéndolo, se vuelve sabio. No se puede ser sabio joven. Se puede ser un maestro joven, sabio no.

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