Emociones alquímicas
“El concepto de que en nuestro cerebro tenemos la farmacia interior, capaz de curarnos de todo, a la solamente hay que saber reconocer para utilizarla en el momento en que se produce la disarmonía, sólo es comprensible mediante un cambio de paradigmas en las ciencias biomédicas”.
Ana María Di Lonardo

El siglo pasado, a comienzos de los 80´, Robert Ader -por entonces director de la División del Comportamiento y Psicosocial en la Escuela de Medicina de la Universidad de Rochester, Estados Unidos- dirigió "un experimento memorable", tal como lo reportó el periodista Bill Moyers, de CBS News. La noticia mostraba que podía administrarse una droga a ratas para suspender la actividad del sistema inmunológico, y luego condicionarlas para proseguir suspendiéndolo una vez retirada la droga. Desde entonces se empezó a hablar de psico-neuro-inmunología. Esta especialidad se dedicó entonces a probar la relación existente entre el sistema nervioso central y el sistema inmunológico, así como las modificaciones que imponen las emociones a ambos sistemas y el aspecto psicológico.
Siguiendo ese camino inicial, Candace Pert –ex jefa de la Sección de Bioquímica Cerebral en la Rama de Neurociencia Clínica en el Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU.- descubrió el receptor de opiáceos y muchos otros receptores péptidos en el cerebro y el cuerpo, conduciendo hacia la comprensión de los fenómenos químicos que se "desplazan" entre la mente y el cuerpo.
Ana María Di Lonardo, directora del Banco Nacional de Datos Genéticos en Argentina y del servicio de Inmunología del Hospital Hospital Durand, de Buenos Aires, expone los fundamentos de la psico-neuro-inmunología.
Doctora, usted sostiene que convendría impartir en la facultad, en cada año del pregrado conocimientos sobre el sistema inmunológico. ¿En qué fundamenta esa propuesta?
Es imposible que el médico sea hoy capaz de comprender el proceso de la salud, y menos aún el de la enfermedad, si ignora el código elemental de la inmunología. Esta empezó como una ciencia puramente básica, luego se admitió que podía servir para la clínica porque había pacientes que padecían enfermedades relacionadas con lo inmunológico, y después se convirtió en una disciplina con autonomía y vuelo propio.
No puede entenderse la etipatogenia (el origen de las enfermedades), su diagnóstico, desarrollo y tratamiento sin esos conocimientos de inmunología. ¿Quién instaura el tratamiento y cómo? El médico, por supuesto, modulando farmacológicamente la acción del sistema inmunológico, usando los famosos inmunosupresores para tratar una aplasia de médula ósea, una enfermedad autoagresiva de riñón, o una reumatológica. Por tanto, el médico maneja elementos cuya fundamentación en el proceso fisiológico desconoce. Diría que es muy riesgoso que alguien manipule lo que ignora en su fondo de procesamiento y funcionamiento normal.
¿Qué descubrimiento fundamental hubo para llegar a la conclusión de que funciones antes atribuidas solamente al cerebro, ahora se constatan en todo el cuerpo?
La inmunología le permitió a la psico-neuro-inmunología actuar como bisagra, al tener la capacidad de ser el lenguaje unificador que dio los códigos comunes para entender la relación entre la emoción, aquello que altera la psique del individuo, y a partir de entonces ese estímulo que llega al sistema nervioso central (SNC), produciendo toda una cascada interior de procesos fisiológicos que podemos medir porque se liberan determinadas sustancias. Por la inmunología fue factible comprender la integración de todos esos circuitos y demostró que hay relaciones bidireccionales entre el SNC, el sistema inmunológico y el endócrino. En esa cascada en que se liberan todos los elementos que antes cité, éstos se lanzan en red; se forma una auténtica red.
La inmunología también posibilitó descifrar los códigos de todos esos elementos y de qué manera la aparición de emociones, por hechos estresantes -una pérdida afectiva, por ejemplo-, despierta un mecanismo de interrelación que sólo se entiende dejando de lado aquellos criterios que siempre la medicina tuvo, hasta ahora, o que no los tuvo en los últimos años, cambiando el paradigma reduccionista por otro que deja el microscopio para ir al macroscopio. En otras palabras, con la inmunología podemos ver el funcionamiento armónico del conjunto y detectar la nota disarmónica, a fin de restablecer el estado, podríamos decir, eutímico (de timo, el órgano capacitador inmunológico central).
Pensar que el timo ocupó un lugar intrascendente durante mucho tiempo en el conocimiento médico. Se lo creía un órgano atrofiado.
Para los inmunólogos, no. Siempre fue nuestra "estrella". Después se reconoció que los linfocitos T inmaduros, que salen del hígado del feto, del saco vitalino, pasan al timo para su capacitación. Ah¡ se convierten en linfocitos T maduros. El timo se concibió como la gran "vedete" que nos disputamos los inmunólogos y los endocrinólogos al ser una glándula de secreción interna.
¿Cómo define usted a la enfermedad?
En esta sinfonía permanente que posee el ser humano; en esta integración total; saliendo de aquellos criterios cartesianos que separaron lo espiritual de lo orgánico, la mente del cuerpo, y retornando al criterio unicista, holístico, para usar el término más coherente, la enfermedad es una disarmonía, como en una partitura musical. El concepto de que en nuestro cerebro tenemos la farmacia interior, capaz de curarnos de todo, a la que solamente hay que saber reconocer para utilizarla en el momento en que se produce la disarmonía, sólo puede ser comprensible mediante el cambio de paradigmas en las ciencias biomédicas. Además, la enfermedad siempre es un llamado.
Lo que acaba de decir da lugar a un replanteo en el área del conocimiento establecido, por lo menos en el ámbito académico.
Es una convocatoria para todos; para la sociedad médica, la sociedad misma. Porque el individuo es el hombre y su biosfera.
Emplea usted ahora un lenguaje ecológico.
Por supuesto, pero una ecología vista desde el individuo frente al medio ambiente, así como a las células ante su medio ambiente. El profesor francés Jean Barnard, que comenzó como hematólogo, transitó por esa especialidad y es una personalidad relevante en los ambientes científicos, a su nueva unidad de servicio lo denominó de Ecología Celular. Es decir, otra vez el micro y el macrocosmos. En última instancia, la organización es la misma, sólo hay que observarla.
¿Cuánto tiempo cree que insumirá integrar esta concepción holística?
Por naturaleza, soy optimista. En este momento, con el desarrollo del conocimiento, la avalancha permanente de descubrimientos tecnológicos, los medios de comunicación masiva y la posibilidad de que el mundo sea la Gran Aldea, no pienso que pasen muchos años. Es el camino a transitar. Como se dice, volver a las fuentes, y que puede darse con el retorno del médico de familia, que antes era, además del profesional de la salud, el filósofo, el sacerdote, el psicólogo, capaz de hacer muchas cosas para mantener bien al paciente y contener al núcleo familiar.
¿Qué posición toma frente a las terapias no convencionales?
Estoy absolutamente convencida de que esas terapias tienen vigencia, existen, son verdad, con todo lo que ello significa. De la misma manera que se crean los grupos deontológicos para poder decir, en las terapias tradicionales, quién falta a la ética profesional, en su práctica, corresponder abrir los mismos espacios para las no convencionales. Tendrá que surgir, primero de la sociedad, de organismos responsables y entidades científicas, el conocimiento de estas nuevas disciplinas y escuelas.
El tema es conocerlas, saber que existen y que son serias. Pero no porque alguien sea un mal mensajero se rechace el mensaje, lo cual es una tentación. Esto implica aumentar el conocimiento, en efecto aditivo, quizá con la sustitución de viejos conceptos. Esto último constituye una práctica que permanentemente el ser humano ha realizado.
A su criterio, ¿llega con facilidad la información al profesional, con respecto a esas terapias, o existe distorsión por el rechazo que al mensaje, tal como lo acaba de señalar?
Por los medios de comunicación, toda la información llega. Por ejemplo, en el tema sida la gente en general entiende términos inmunológicos, hecho antes impensable. Pero consideremos que las instituciones son las personas que las integran. Hay miedo al cambio. Frente al cambio, se registran dos actitudes: la científica, crítica, que apunta a ver de qué se trata lo nuevo y, si merece renovar algunos conceptos; y la otra, que por razones que no quisiera mencionar y calificar, por intereses creados, o sencillamente miedo a seguir estudiando, aprendiendo, niega, afirmando que aquello "no existe".
¿Aún corresponde evaluar datos, quizá un mensaje no comprendido en la problemática del sida?
Totalmente, y comparto ese término de "mensaje". El sida, cuando apareció, fue un auténtico revulsivo y movilizó muchas cosas. Los datos se han acumulado, pero no fueron procesados ni todavía integrados. Probablemente debamos borrar muchas cosas que hoy aceptamos como verdades a pie juntilla, cuando podamos integrar esta información faltante.
¿Como lo concerniente al HIV como causa del sida?
Por ejemplo, o por lo menos para decir contundentemente que el HIV no es el único responsable de la enfermedad.
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