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El canto de los canarios

 

“La sociedad como tal nos necesita adictos. Si nosotros saliésemos de ese engranaje, ella se desmoronaría, diría que para el bien del planeta. Se nos entrena para ser adictos. Si no lo fuésemos, si no viviésemos para consumir, para buscar afanosamente sensaciones, explotar al vecino, competir, juzgar, pelear, la sociedad tal como la conocemos sería otra. Nos veríamos forzados a una mutación psicológica, sin precedentes en la historia de la humanidad”.

 Verónica Pelicaric

Una argentina que en los últimos años divide su vida entre Canadá y nuestro país, Verónica Pelicaric creció desde su licenciatura en letras hasta la práctica de la meditación como técnica terapéutica, en algunas instancias, y como parte del desarrollo personal, en otras. Una de sus experiencias la llevó a trabajar en un centro asistencial canadiense para adictos, donde entró en contacto con “los canarios amarillos que están cantando muy fuerte lo que le pasa al planeta”.

 

¿Cómo fue tu trabajo en Lachute, Verónica, cuando llegaste a Canadá?
En un comienzo, como voluntaria, me sentaba y charlaba con los pacientes internados en el hospital que estaban próximos a morir. Escuchaba a esas personas que no les interesa ya entablar una relación con alguien y comprendía cómo dejar paso al misterio que se establece cuando uno no está calculando con lo que ha de recibir. Este tipo de labor casi obliga a un desprendimiento del Yo para entrar en una zona desconocida. Enorme gracia y privilegio que nunca podré agradecer lo suficiente a esta gente que, sin proponérselo, fueron unos de mis más importantes maestros.
Debe producirse un aprendizaje en esas situaciones frente al hecho de la muerte muy profundo, muy fuerte.
Aprendí que hay cosas que van más allá del pensamiento. En cierta oportunidad una mujer me dijo que no se podía ir a dormir porque la señora del cuarto 255 se estaba sintiendo muy mal. “Tengo que esperar a que ella se calme, después descansaré”, comentó. Fui a comprobar si era cierto lo que me había expresado. Y sí, lo era. Comprobé una vez más la interrelación de las cosas. También aprendí a superar el asco, el miedo y, quizá, mucho sobre mi propia muerte.
¿Cómo puede un voluntario superar las posibilidades de contacto con un paciente, más que los familiares?
En ese punto de no retorno, de vivir en el límite, a estas personas no les importa esas cuestiones de la personalidad, sobre qué resultado pueden obtener de esto o aquello, ese juego en el que todos estamos involucrados midiendo éxitos y/o fracasos, satisfacción y/o insatisfacción. Es un fenómeno inmediato, un acontecer absoluto. Allí, un ser humano desnudo; más allá, otro ser humano, no tan desnudo. Es todo lo que ocurre.
¿El familiar no es un marco de contención adecuado?
A veces al paciente le interesa y otras no. No hay reglas generales. Pero el hecho de que no existan historias con un voluntario lo libera porque las historias con familiares suelen estar cargadas de memoria y de pasado. A veces son fáciles y otras no tanto. Ser para el paciente una persona desconocida, anónima, representa la ausencia de cargas. Esto no quiere decir que se tenga siempre el corazón abierto frente a los desahuciados. En algunas ocasiones no lo tuve. Aprendí a respetarme y a no violentarme, a veces lo único que tenía para ofrecer era un corazón cerrado. Igualmente todo está okey, no hay necesidad de “ser” otra cosa. Aprendí sobre la autenticidad.
Después trabajaste con drogadependientes. ¿Cómo te ofrecieron esa tarea?
Al llegar a Canadá me enamoré de los lagos, los bosques... También inicié una relación de gran afecto con la pequeña hija de una amiga que me había invitado a participar de otro proyecto. Con el paso del tiempo, pude comprobar fehacientemente, una vez más, lo que me había dicho en cierta oportunidad otra amiga, Vimala Takar, acerca de que la vida es nuestra mejor amiga, que nunca nos fallará y que confíe en ella. Empecé a involucrarme con el pueblo de Lachute, de 12 mil personas, con cursos de visualización creativa, trabajos con centros de energía corporales, etcétera.
Debido a la repercusión que alcanzó mi actividad como voluntaria, me emplearon para que participara en un programa de educación para adultos. A partir de allí, me incluyeron en el programa local de rehabilitación de drogadictos para enseñar técnicas de relajación, visualización, meditación. Fue cuando decidí canalizar el deseo de servicio. Era el punto de intersección para volcar todos mis intereses, una oportunidad  de encaje perfecto.
¿Tu actividad se insertaba en un proyecto conjunto con  profesionales?
Formaba parte del equipo de educación para adultos. Muchos de los adictos no terminan la escuela secundaria, por lo cual el gobierno, ante los 9 meses de recuperación por los que deben pasar, les ofrece la oportunidad de terminar el nivel educativo a quienes así lo deseen. A poco de iniciar el curso general, los mismos adictos pidieron iniciar un pequeño ciclo de charlas. Hubo descubrimientos trascendentes para mí; cuando uno está abierto al otro no lo acusa, simplemente se vacía de contenidos propios y ocurre lo que podríamos denominar milagros.
¿La sociedad de consumo funciona, necesariamente, en base a mecanismos de adicción?
 La sociedad, como tal, nos necesita adictos. Si nosotros saliésemos de ese engranaje, se desmoronaría, diría que para el bien del planeta. Se nos entrena para ser adictos; estoy muy convencida de la verdad de esto. Si no lo fuésemos, si no viviésemos para consumir, para buscar afanosamente sensaciones, explotar al vecino, competir, juzgar, pelear, la sociedad tal cual la conocemos sería otra. Nos veríamos forzados a una mutación psicológica, sin precedentes en la historia de la humanidad.
¿Qué caracteriza a quien se comporta en forma dependiente con las drogas?
Todos estamos en proceso adictivo. En el común de la gente no se advierte porque las características se presentan un tanto dispersas. Creemos estar sanos y por encima de esa patología. El adicto pone todo, su vida, conflictos, sueños, todo en un solo lugar, que es la sustancia de la cual depende. Al mismo tiempo, posee una poderosa puerta de salida ya que debe concentrar toda su energía en ese punto. Se presenta para él una oportunidad de trascendencia mayor de la que poseemos nosotros, que tenemos la energía tan esparcida en distintos sectores de nuestro quehacer cotidiano.
¿Cuál es tu propuesta alternativa frente a este dilema?
Hubiera dicho hace unos años “trabajar para llegar al plano transpersonal”. Hoy simplemente sugiero escuchar, aprender, observar. Alcohólicos Anónimos usa, como base de solución, la relación con un poder superior. Siento que quizá habría que agregar a esa posibilidad lo enunciado previamente: ver qué sucede, si me quedo en el lugar exacto y preciso en el que me encuentro, sin siquiera moverme hacia la posibilidad de un Yo superior. Me entusiasma más esa propuesta, aunque no es fácil implementar.
Es llamativo que como recurso final en un programa de recuperación de drogadependientes se reconozca y utilice lo espiritual, cuando se podría hacer mucho más incorporándolo previamente.
En Estados Unidos no dan becas para aprender meditación, pero sí para lo que llaman técnicas de percepción de la mente. Se sabe que el ex vicepresidente Al Gore medita todos los días, lo cual establece un indicador para la sociedad norteamericana. Entre los científicos, Candace Pert, candidata al premio Nobel, hizo un descubrimiento interesante dentro del campo de la inmunología y específicamente con los neurotransmisores. Gracias a ese hallazgo, ella afirma que una de las formas de conectarse con la mente se halla a través de la meditación. En Los Ángeles hay centros de entrenamiento para quienes desean enseñar meditación en cárceles, hospitales y colegios. Decididamente, se ha logrado un significativo grado de reconocimiento del valor de su práctica.
Se explica porque existe en la magnífica complejidad que es el ser humano una dimensión espiritual a la que podemos acceder en forma directamente científica mediante las técnicas de meditación. Este proceso que nos lleva al reconocimiento de los mundos internos, transpersonales, se puede comprobar a través de los equipos de biofeedback, que registran los cambios fisiológicos ante la presencia de diferentes estímulos.
¿Planos o mundos transpersonales?
Sí. Aquellas dimensiones que permiten ponernos en posición de testigos de aquello que nos ocurre y de no identificarnos con ello. Puedo decir que tengo un cuerpo y que ese cuerpo está enfermo, pero yo no soy esa enfermedad, sino un centro de conciencia, y desde aquí tengo un acceso, una óptica diferente de mi propia disfuncionalidad.
¿Aquí la meditación participa, se inserta, como herramienta para mostrar la diferencia?
Absolutamente. La adicción en sí no es una sustancia. La persona que pasa por este proceso piensa que no puede quedarse con algo conflictivo que le está sucediendo, por lo cual intenta evadirse mediante un movimiento que le hace sentir que esa sensación no existe. Una de las cosas fundamentales del proceso adictivo constituye la negación de lo que se es. Con la meditación colaboramos para que la persona se quede con lo que realmente es; a darse cuenta de qué es internamente y que aquello que le parecía una montaña inaccesible, lo puede superar.
¿La adicción es “rechazo de” o “apego a”?
Es rechazo de una condición física, mental o emocional que parece inaguantable. Y esta palabra importa porque, haciendo un trabajo meditativo, la persona se da cuenta de que no sólo es soportable, sino que en sí representa un profundo desafío. Por lo tanto, cambia totalmente la perspectiva de la problemática. Al surgir un dolor muy intenso, en vez de plantearse que no es soportable y por lo tanto se ve obligada a recurrir a la droga, la persona percibe lo que le está ocurriendo y se plantea la posibilidad de exploración. Ahí tenemos un campo de descubrimiento maravilloso.
¿Por qué vía llegas a una persona con adicciones para que ese trabajo meditativo sea posible?
Como siempre, a través de la propia disponibilidad, apertura y compasión. Si me siento delante del otro y le digo que está  enfermo; que yo, que me encuentro bien, lo voy a curar, no habrá diálogo posible. Y hablo del diálogo de corazón a corazón, no del verbal. Si me siento y simplemente no hablo y hago un proceso de vaciamiento de mí, de alguna forma se establece la confianza, una capacidad de transitar por donde sea con el otro, sin miedo.
Ahora bien, cuando el drogadependiente sale del contexto contenedor terapéutico, luego de los nueve meses de trabajo de rehabilitación, se inserta en la misma sociedad que, de algún modo, no lo ayuda a sostener aquello que ha logrado cambiar. Por eso es tan complejo el tema y me interesa la problemática relativa a lo esencial del ser humano. Todos estamos en la misma situación.
¿Es una ilusión creer que los adictos están “más allá de la cerca”, que nosotros nos encontramos separados de ellos?
Claro, ellos son "canarios amarillos" que cantan una canción a pleno pulmón de lo que le sucede al mundo, a la humanidad, al planeta. Su grito pelado es la dolorosa diferencia. Estar en contacto con eso nos abre el corazón, no hay duda alguna. Lo que abrió el mío fue trabajar con esa gente y sentir la gratitud que experimentamos ante la afectividad recíproca.
¿Qué ideas aportarías a partir de tu experiencia?

Enseñar a los chicos, desde edad muy temprana, a mirarse un poco para adentro; preguntarse, cuando les ocurre algo, qué sienten mientras eso sucede. A relacionarse más íntimamente consigo y con los demás, desde otra óptica, no desde la competencia o el juzgamiento, sino desde la comprensión de los mecanismos. Quizás también invitarlos a visitar hospitales y cárceles. Ser más partícipes de la sociedad en que les tocar  vivir de adultos, para que puedan hacerse las preguntas esenciales: ¿por qué no cambiamos?, ¿por qué seguimos cometiendo los mismos errores?, ¿qué es lo que nos falta comprender?, ¿qué es lo que necesito desarrollar para no ser  colaborador de algo que en el fondo me es ajeno?

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